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Tan a menudo escucho a alguien diciendo que simplemente no se siente bien.

Que no entiende lo que le pasa.

“No duermo bien hace tiempo, estoy cansada/o constantemente”.

“Me siento sin energía e irritable”.

“Muchas veces me duele el cuerpo, las articulaciones, los músculos”

“Al llegar a casa, después de un día agotador, no tengo ánimos de estar con mi familia, con mis amigos o si comparto con ellos es como un ejercicio de descarga que no me deja una mejor sensación o cuyo efecto dura muy poco”.

“No me siento bien y no sé por qué”.

Esta sensación es extremadamente común en la actualidad.

Chile y especialmente Santiago, es una de las ciudades con mayores índices no solo de depresión, sino también de obesidad e incluso en los últimos años ha comenzado a ocupar uno de los primeros puestos del mundo en las tasas de suicidio.

El cansancio puede ser un estado extremadamente desalentador, que genera un ciclo vicioso de desmotivación y bajoneo.

No solo nos afecta físicamente, sino que realmente puede ser un gran problema en nuestro trabajo, e incluso en nuestras relaciones más íntimas, con nuestros hijas/os, pareja y amigos.

El no tener ganas de nada, es algo importante de mirar sobre todo en un momento en el que hemos desarrollado formas de “seguir funcionando” a pesar de que nos sintamos con ganas no de hacerlo.

Habitualmente pienso que las series y películas de zombies son tan populares porque muchas personas se sienten así. O ellas mismas, o respecto al mundo que las rodea. Personas que “funcionan”, pero que no pueden sentir mucho.

Tantas veces he escuchado a personas que llegan a la consulta comentando la experiencia en la calle: personas desconectadas, en automático que no miran ni sienten a la persona que está al lado.

Eso no solo te da una sensación de hostilidad -cuántas veces has sentido que salir a la calle es como salir a la guerra-, las personas te empujan en el metro, te tocan la bocina si no vas aceleradísima/o, no te ven y a veces incluso, te insultan.

Cualquiera que se suba al metro en horario punta, sabe que es una jungla, como miles de ovejas caminando al matadero.

Y todos los días la misma rutina.

Sin tiempo para hacer lo que verdaderamente nos gusta, porque al final ni siquiera tenemos tiempo de saber lo que realmente nos llena, nos hace bien, nos pone felices.

En este artículo te quiero contar sobre algunas de las principales causas de todos estos síntomas y quiero que evalúes, que midas cuántos de estos elementos están presentes ahora en tu vida.

Si tienes más de tres de estos elementos es que estás sufriendo algún tipo de estrés crónico.

Las causas de que esto sea así, son principalmente acumulativas.

Como una bola de nieve, una mochila que pensaste llevarías solo un tiempo pero que se ha quedado ahí semanas, meses o incluso por años y que ahora ni siquiera recuerdas que la cargas.

Es una acumulación de una forma de abandono.

Abandono de ti.

Abandono en la forma en la que te relacionas contigo misma/o.

Cómo te acompañas, cómo te escuchas, como te cuidas, cómo básicamente le das espacio a tus necesidades más verdaderas y profundas.

Cuando llevas una forma de vida, una rutina que no tiene sentido para ti, es una forma profunda de abandono de tu vida, una forma de ausencia, de estar en automático, esperando algo, cualquier cosa, no sabiendo qué, que te saque de ese modo de sentir.

Pero nadie te va a rescatar si no te rescatas tu, si no empiezas poco a poco a darte cuenta de lo que pasa contigo.

Te quiero hablar de 4 cosas que realmente pueden hacer una diferencia, una diferencia absoluta respecto de cómo te sientes.

Estas cuatro cosas son los factores que determinan el modo en el que vivimos y cómo nos sentimos y son la forma en la que podrás evaluar cuán atrapada/o estás en un ciclo de abandono de ti que te está produciendo grandes dolencias.

1. Desconexión y falta de poder personal

Conoces la historia de la rana en la olla.

Una rana cae en una olla que se acaba de poner al fuego.

Al principio el agua está fría por lo tanto al caer, la rana no se da cuenta de que está en peligro. Y la historia dice, como el agua se calienta gradualmente, la rana no se da cuenta que morirá hasta que ya es demasiado tarde.

 

La mayoría de las personas funcionan así.

Es increíble, pero cierto.

Es una locura, pero es cierto.

Tenemos pequeños problemas que por sí solos no nos causan un problema mayor.

Un poco de dolor.

Un poco de cansancio.

Un poco de angustia.

Un poco de pena.

Y poco a poco algo que era poco, se transforma en mucho.

Y el tema es que hoy en día, en vez de matar al monstruo cuando es chiquitito, lo que hacemos es esperar a que sea un Godzilla para prestarle atención.

El monstruo chiquitito es fácil de matar.

Un Godzilla no.

Un Godzilla se puede comer la ciudad.

Un monstruo chiquitito lo podemos pisar con el pie.

Para un Godzilla necesitamos ejércitos.

Es lógico, pensarás. Estoy de acuerdo, totalmente.

Pero ¿por qué entonces siempre esperamos a que el monstruo crezca hasta que se convierta en una amenaza para nuestras vidas y lo que más nos importa para hacer algo?

La respuesta es que nos hemos acostumbrado a no escuchar, a estar desconectados.

Como cuando alguien tiene una radio puesta todo el día y de pronto deja de escucharla.

Deja de sentirla. Y luego aunque quisieras, no lo puedes hacer, simplemente no te das cuenta.
En algún momento tuvimos la capacidad de escuchar, pero la perdimos.

¿Qué ocurre normalmente?

Tenemos una pequeña molestia, nos empezamos a cansar más de la cuenta. Llevamos mucho tiempo estresados y ¿qué hacemos?

“No es nada, no tiene importancia”.

“Me tomo esta pastilla y se me quita”.

“Mañana descansaré”.

“En un año más me tomo vacaciones”.

“Es solo este proyecto, después me tomaré un tiempo para descansar”.
En pocas palabras, hacemos básicamente tres cosas:

Nos evadimos del problema,

Lo encubrimos (me tomo una pastilla, me fumo un cigarro, me tomo un trago, etc) o,

Ambos.

Esta es la esencia de la desconexión y la semilla de una maleza que se come nuestro poder personal.

¿Cuándo nos sentimos realmente bien respecto de un problema?

Cuando “alguien” (idealmente nosotras/os) está haciendo algo para solucionarlo.

Seguro has tenido al menos una experiencia.

Una experiencia de que sabes que estás haciendo algo que va a solucionar el problema y eso te alivia.

Literalmente te permite respirar.

Como cuando exhalamos con alivio y decimos “por fin!”.

Sabes que te lo sacarás de encima.

No hay nada como esa sensación. Ese alivio, esa esperanza encendida, ese empoderamiento.

Pero si te desconectas del problema, de ti mismo, si te evades, si lo encubres, si no lo miras o lo pospones, ¿que pasa?

El pequeño monstruito se convierte en un Godzilla.

Y si tu has escogido ignorarlo, hay siempre una parte de ti que lo sabe: tu inconsciente.

Y si tu inconsciente lo sabe, eso es estrés, eso es agobio, eso es un monstruito en proceso de convertirse en un monstruote.

Es por eso que cuando dilatamos un problema que sabemos tenemos que mirar, el estrés aumenta.

Y si bien, hay áreas de nuestra vida que podemos manejar bastante bien, siempre hay alguna, muchas veces aquella área donde somos más vulnerables, donde dejamos que el monstruo se desarrolle a sus anchas.

Entonces hay ciertas cosas que necesitamos hacer para dejar de seguir en este patrón de abandonarnos a nosotras/os mismos.
El primer paso es siempre empezar a escuchar y ver el problema. Cómo está mi cuerpo, que siento, cómo están mis relaciones, cómo está mi trabajo, mi energía, mi descanso.

El segundo paso es ver que puedes hacer para mejorar aquellas áreas que necesitan ser abordadas ahora. Buscar activamente maneras de solucionar tu problema.

El tercer paso muchas veces es el más difícil y es empezar a darle palos al monstruo. Muchas veces nos parece que el palo se ve muy pesado, o muy esforzado esto de estar pegando una y otra vez al monstruo. Lo que no sabemos es que este es el paso mágico.

Si comenzamos a hacer aquellas cosas que cambian nuestra situación no solo empezamos a solucionar el tema sino que nos empezamos a sentir más aliviadas/os.

Algo mágico sucede.

Un día sin darte cuenta cómo, en vez de sentir que no tienes fuerza ni incidencia en tu vida, comienzas a sentir una fuerza y un poder que no habías sentido antes.

Esto es lo que hace la acción.

Esto es la secuencia de la sanación:

Reconocer el problema, buscar un a solución, si no la conoces, pedir ayuda, empoderarnos.

2. Lo que te nutre y lo que te contamina
La esencia de esto es la siguiente.

Nuestro cuerpo nunca será más sano que nuestra comida.

Nuestra mente nunca será más sana que nuestros pensamientos.

La naturaleza tiene un equilibrio básico y sencillo que es nutrirse de lo que sirve y eliminar lo que no sirve o daña.

Si por la razón que sea este funciona no opera como debe, estamos en problemas.

No se trata de comer siempre sano, o nunca salirse del régimen.

No se trata de no poder tolerar malas noticias o lidiar con choques emocionales.

Se trata de equilibrio. De balance.

Todo nuestro sistema está diseñado para que podamos movernos con cierta flexibilidad.

Pero si solamente le damos guerra mental, emocional y física, no hay quien aguante.

Antiguamente las cosas eran bastante más fáciles.

La intervención que teníamos sobre nuestros alimentos era mucho menor y eso hacía que la comida fuera comida.

Hoy en día esto es mucho más complejo y ya todos lo sabemos.

Es tan así, que las personas prefieren tirar la esponja.

Al final todo me hace mal, así que para que me preocupo.

Nuevamente se trata de balance.

Y especialmente de poder personal, de no abandonarse.

Si por el contrario decidimos no hacer nada, ,o buscar el equilibrio lo que sucede es que nos dejamos ir por la inercia, lo fácil, lo cómodo.

Y esto implica que no decidir respecto de lo que nos nutre (física, mental y emocionalmente) es básicamente firmar nuestra decisión de tener una pésima calidad de vida.

Nos las hemos ingeniado para crear una forma de vida lo más tóxica posible.

Nos movemos lo menos posible para conseguir el peor tipo de alimento para nuestro cuerpo mente y emociones.

No decidir qué dejo entrar y que no, es dejar que el flujo más fácil entre y este lamentablemente es lo menos nutritivo para nosotros.

Y esto vuelve al tema de tu poder personal, tu conexión. Por eso el primer punto es tan importante.

Si tu recuperas tu conexión y tu poder personal, sí o sí, decidirás por lo que te hace bien.

Simplemente porque no soportarás otra cosa. Necesitas de ambos, para determinar cómo quieres sentirte. Qué quieres escuchar, si algo que te inspira o algo que te deprime, si algo que te da energía o algo que te la quita, si algo que te vuelve creativo o algo que limita tus perspectivas.

Necesitas decidir.

 

Necesitas decidir qué dejas entrar en tí para nutrirte, física, mental y emocionalmente.

Entonces cómo hacerlo.

Primero siempre conectar con tu momento. Cómo comes, con quien y que te relaciona

s habitualmente, aprendes o no de lo que estás experimentando.

Dependiendo de si estas cosas te nutren, te alegran, te enseñan o no, puedes tener una clara noción de si la balanza entre lo que nutre y lo que contamina está en equilibrio o no.

Esta idea lo expresa con mucha claridad: tu cuerpo nunca será más sano que aquello que comes, porque aquello que comes construirá tu cuerpo.

Tu mente será nutrida por tus pensamientos.

Tu mundo emocional por aquella percepción emotiva que experimentas.

Conecta, empoderate y decide.

3-. Lo que te mueve, lo que te transforma

El universo es una danza. Un movimiento continuo de nuestras células, de nuestra respiración, de nuestras relaciones.

Todo lo que somos y nos rodea está en constante comunicación e intercambio.

Y todo está constituído por energía.

Energía cuya esencia está en la fluidez.

Lo único que no se mueve es aquello que está muerto o en proceso de morir.

El sistema linfático de nuestro cuerpo, aquel que está encargado de procesar las toxinas para poder eliminarlas Necesita que nos movamos.

A diferencia de nuestro sistema circulatorio, depende de una estimulación que solo se produce con el movimiento físico o la estimulación directa.

Cuando algo se contrae, un músculo por ejemplo y no se vuelve a distender se forman nudos, zonas de dureza y rigidez que prontamente nos generarán dolor.

Ese dolor nos avisa que hay algo que no se está moviendo como debiera.

Si lo tapamos, nos distraemos y no lo abordamos no desaparece. El pequeño monstruo se vuelve un Godzilla otra vez.

Entender esto es fundamental, es simple y trae infinitos beneficios a cada parte de nuestro ser.

Mover nuestro cuerpo de inmediato nos produce bienestar, nos da energía, nos limpia y nos nutre.

Nos fortalece y nos empodera.

Cada persona necesita encontrar su propia forma de movimiento.

Algunos necesitan la alegría y la belleza de la danza.

Otros necesitan la efectividad y precisión de las artes marciales.

Otros necesitan la calma y profundidad del yoga.

Otros la estabilidad y fluidez del correr.

Otros la comunidad del deporte.

Pero todos necesitamos movernos, para producir la transformación de una energía en otra.

Para ayudarnos a fluir mejor y crecer.

Cuál es la forma que necesitas tu, que te llama, que mejor se te da.

Recuerda que solo aquello que está muerto o en proceso de morir, deja de moverse.

4. Lo que te apoya y te hace crecer

Somos seres gregarios.

Todo lo que hacemos, aunque el mundo moderno nos haga pensar que somos individuos autónomos, depende de cientos y a veces miles de otras manos que lo permiten.

Desde lo que comes a aquello con lo que te vistes, ha sido producido, creado, pensado por otros.

Y una red, cada vez más invisible, sostiene nuestro modo de vida.

Es esencial reconocer cuando necesitamos ayuda, cuando el diálogo con los demás, la interacción con los demás nos puede catapultar a otro espacio de crecimiento.

Es una cuestión de tiempo y energía.

Lo que hacemos solos tiende a demorar mucho más, costarnos mucho más que lo que aprendemos a coordinar y potenciar con otros.

A veces para hacer el primer paso, el salto que puede hacer toda la diferencia, necesitamos de alguien que nos guíe a potenciar y saber con total claridad por dónde debemos seguir.

Puede ser un libro, un curso, una terapia, un amigo.

Darle fuerza a  esto nos puede llevar rápidamente a la solución que hemos estado dilatando por largo tiempo.

A veces es esa compañía que nos inspira.

Otras la mirada que nos indica hacia un lugar que nunca habíamos visto.

En algunas ocasiones es esa mano que nos agarra o nos acompaña cuando más lo necesitamos.

El tema es que la presencia de otros, en todas sus formas, puede ayudarnos traspasar más allá y sostenernos en el camino.

Si has abandonado esas compañías, esa conciencia de la ayuda que has recibido o que mejor aún, puedes dar, retómala, porque es como un camino misterioso que puede llevarte a donde quieres ir o a crecer, fortalecer o descubrir lo que necesitas.

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Para resumir, hay 4 cosas esenciales que te ayudarán a recuperar tu energía, tu vitalidad, tu conexión con la vida:

  1. Volver a conectarte contigo y restablecer tu poder personal haciendo algo respecto de tu estado.
  2. Aclarar qué elementos en tu vida diaria te contaminan, quitan fuerza y te hacen mal y qué cosas te nutren, fortalecen y te hacen feliz. Y decidir.
  3. Moverte. Escoger alguna actividad para empezar a facilitar que todo en ti, se mueva y fluya.
  4. Reconstruir y fortalecer las relaciones y ayudas que te permitirán salir del estado de desconexión en el que te encuentras.

A continuación te quiero dejar un set de herramientas de regalo que te ayude a aclarar, sostener y guiar para que puedas abordar estas cuatro claves.

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